martes, 20 de abril de 2010
RENCUENTRO
Acababa de llover y todo estaba cubierto por esa calma que se sucede después de cada lluvia. La noche se había echado encima demasiado pronto, y mientras caminaba por los alrededores de la Catedral San Ioan Botezatorul, el canto ebrio de los noctámbulos urbanos me acompañaba en un segundo plano recordándome una vez más el mundo del que formo parte. Fue entonces cuando reconocí su voz a mi espalda y algo se alegró en mi corazón.
-Este lugar del mundo no beneficia el ánimo de un ángel caído, deberías de respirar el aire puro de un país donde el sol resplandezca y los pinos de sus montañas alivien el pesar de la mente-
Cuando me giré pude contemplar el solemne semblante de su presencia, y es que no hay nada más bello que la figura de un ángel de Dios. Su imagen es esbelta y noble, sus movimientos son adecuados, exactos, puros y refinados; su voz es dulce y pausada, acompañada de una sombra de severidad que infunde respeto y dignidad. Además, él era muy especial, uno de los siete ángeles elegidos por Dios para gobernar nuestro sistema solar. Hace varios cientos de años que estuve a sus órdenes, por entonces aun no había caído y estaba en posesión de mis alas ígneas y de todos mis atributos divinos. Fueron tiempos bellos, demasiados hermosos para recordarlos sin dejar de sentir un terrible dolor en lo más profundo de mi corazón. Pero aquellos días ya pasaron como pasan las aves de un lado al otro del firmamento, y de todo aquello ya solo me queda un amargo sabor, que me hace vivir como una criatura solitaria y apartada de todo, viviendo como un andrógino que no puede integrarse ni en el mundo de los hombres, ni en el de los ángeles, ni en el de los demonios; condenado a la eternidad y al sufrimiento de tener que contemplar como la raza humana se autodestruye lentamente, padeciendo una lenta agonía que se arrastra entre placeres malditos y la ansiedad de buscar en la materia lo que solo puede proveer la libertad del espíritu.
Di un paso hacia él y me arrodillé ante él como cuando lo hacía al formar parte de su séquito. Solo pude pronunciar su nombre.
-Gabriel…-
-Michel, no tienes porque arrodillarte, llevas mucho tiempo exento de todos los compromisos como ángel, ahora vives libre, como tú querías-
-Siempre me arrodillaré ante ti, porque tú me diste el conocimiento y el poder que me llevó hasta las esferas celestes, no puedo dejar de hacerlo-
Gabriel en ese momento se arrodilló frente a mí y tomó mis manos entre las suyas.
-Yo no doy nada a nadie, solo soy un mediador entre Dios y los hombres. Fue tu trabajo y tu entrega a Dios lo que te hizo formar parte de mi. Levántate Michel, los ángeles deben de estar más cerca del cielo que del suelo-
-Que bien suena eso de tus labios, más cuando sabes que yo ya no soy uno de los vuestros-
Gabriel se levantó al tiempo que tiraba suavemente de mis manos para que yo también me incorporara al mismo tiempo. Una vez los dos en pie, caminamos juntos entre las penumbras de los árboles que se alzan junto a la catedral. Su visita no fue un producto del azar, Gabriel rompió su silencio por algún motivo, y su presencia era al mismo tiempo una esperanza que me hacía sentir tan frágil y vulnerable como un niño pequeño junto a su padre en medio de un bosque cubierto por la noche.
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